A RAÍZ de la polémica por la candidatura nuclear de Ascó no han sido pocos los que, repasando la actualidad política catalana, han subrayado el papel que los alcaldes y los ayuntamientos han adquirido últimamente. Veamos: la consulta autodeterminista de Arenys de Munt, Vic y el empadronamiento de sin papeles y el ya mencionado caso de Ascó. Podríamos añadir al elenco al alcalde de Horta de Sant Joan, el primero que puso en duda la gestión de la Generalitat en el incendio, e incluso a Jordi Hereu y sus Juegos Olímpicos de Invierno.
Estos recientes episodios presentan algunos puntos de conexión. Uno de ellos es el coraje demostrado por alcaldes y regidores. Se esté de acuerdo o en desacuerdo con lo que han hecho, se les aplauda o se les censure, hay que reconocer su valor. No estamos ante unos blandengues o unos figurantes sin sustancia. En un tiempo en que en la política española y catalana campa a su aire la frivolidad tacticista y el regate a corto, los alcaldes nos han demostrado que la política es algo mucho más serio de lo que algunos se empeñan en aparentar. No es poco.
Igualmente, se ha puesto palmariamente de relieve que el gobierno catalán no cuenta para nada cuando de ciertos asuntos fundamentales se trata. Los casos de Ascó y Vic no dejan lugar a dudas sobre el escaso poder de la Generalitat. Algo parecido sucedió en el caso de Arenys de Munt, que nos recordó que sólo el Estado puede preguntar a los ciudadanos. Parece, además, que los alcaldes no esperan mucho -como tampoco, por ejemplo, los empresarios- de nuestro gobierno autonómico. ¿Cómo interpretar si no que Hereu no se dignara en informar a Montilla y su gabinete de sus sueños olímpicos?
Incluso al propio gobierno catalán se la trae al pairo quedar bien o mal. Como ocurrió con el primer tripartito, este segundo nos ofrece el espectáculo del sálvese quien pueda y de las puñaladas traperas, amén de exhibir parálisis y flagrantes contradicciones cada vez que la realidad llama a la puerta. La Generalitat de Pujol se esforzaba en aparentar ser mucho más de lo que era (y disimular su debilidad). Con la Generalitat del tripartito ocurre lo contrario. No me extrañaría que durante su ducha matinal nuestros consejeros y consejeras canturreen aquel legendario éxito de Alaska y Dinarama: ¿A quién le importa lo que yo haga? / ¿A quién le importa lo que yo diga? / Yo soy así, y así seguiré…