El PSC descarrila con Rodalies

Las manifestaciones del sábado tuvieron un fondo amargo muy marcado. No era solo el enfado acumulado, sino bastante más: se palpaba la desesperanza y la resignación. Los que marcharon tras las pancartas y los eslóganes, la inmensa mayoría de ellos, sabían, saben, que las expresiones de descontento y áspero cabreo no van a solucionar nada. Al contrario, son conscientes, como lo es cualquier ciudadano, de que la bancarrota ferroviaria va a durar mucho tiempo, años, décadas, antes de que realmente se note, si se acaba notando, la mejora. Igual que han sido años y décadas de retrasos y mal servicio los que han precedido a la calamidad que se ha desencadenado tras los trágicos accidentes de Adamuz (Córdoba) y Gelida.

Es precisamente ese fondo de amargura y resignación lo que distingue las manifestaciones de este sábado de la manifestación del sábado 1 de diciembre de 2007. En aquella ocasión, además de enojo, se palpaban la esperanza y la ilusión. Los que se reunieron en Barcelona estaban convencidos, intuían o tenían la esperanza de que las cosas podían cambiar. Algunos ya pensaban en la independencia (aquella protesta fue la primera muestra de que algo se movía), pero otros estaban allí porque creían en la fuerza de la gente como revulsivo, como motor político. Hay más diferencias entre lo de ahora y la manifestación de 2007. Como lo absurdo que resulta que el mismo día se produzcan dos manifestaciones por la misma cuestión, en especial porque no se trata de un asunto menor, sino que afecta directamente a 400.000 usuarios e, indirectamente, a todos los catalanes. La manifestación del mediodía, la independentista, situaba el foco en la tremenda falta de inversiones en Catalunya a lo largo de los años, mientras la de la tarde se limitaba a exigir soluciones rápidas. No había nada de incompatible entre ellas. Que no se llegara a un acuerdo para que una y otra discurrieran unidas es consecuencia de la fase de frustración y desengaño en que se encuentra Catalunya. Algo como lo sucedido el sábado era del todo impensable en los años del auge independentismo, pero también en los anteriores.

Que fueran, las del sábado, expresiones tristonas y carentes de ilusión de ningún modo supone que ‘el caos de Rodalies’, como se ha venido en llamar a la presente crisis, no vaya a tener consecuencias. Estoy convencido de que las tendrá. Vaya si las tendrá. Por un lado, políticamente va a beneficiar al nacionalpopulismo de Aliança Catalana y Vox, amén de engrosar las filas del abstencionismo. Por otro, de forma evidente, va a perjudicar a Salvador Illa y al PSC -partido que no estuvo el sábado en ninguna de las dos manifestaciones. ¿Recuerdan cuando el PSC insistía en que ellos eran un partido distinto y autónomo? Ahora es todo lo contrario. Los socialistas han asumido sin complejos la integración plena en el proyecto del PSOE, hasta el punto de diluir cualquier pretensión de autonomía. Salvador Illa es el más fiel escudero de Pedro Sánchez. La docilidad ante el PSOE es coherente con la idea de este PSC, según la cual, cuanto más se pongan los catalanes en manos de España, mejor les van a ir las cosas. Cuando la situación con los trenes se ha complicado, Sílvia Paneque ha pedido al secretario general de Transportes que se instale en Barcelona para tratar de solucionarlo. Es la mentalidad del franquiciado. El relato socialista de la “normalización” de Catalunya es perfectamente coherente con todo ello. Cuando Catalunya ha querido romper, ha fracasado. Por tanto, hay que hacer lo contrario: unir su destino al de España y, en concreto, a la España de izquierdas que Sánchez lidera.

Todo eso salta por los aires a poco que se analice lo ocurrido con Rodalies y el resto del servicio ferroviario. Porque tan culpable del estrangulamiento y, a la postre, de la bomba de relojería de la escandalosa falta de inversión en Catalunya es el PSOE como el PP. Salvador Illa -a quien además la crisis le ha pillado convaleciente- era también el de la solvencia en la gestión. Según el PSC, tras los años perdidos del ‘procés’, ahora llegaba la tranquilidad y la buena gestión. Catalunya volvería a funcionar gracias a la capacidad y profesionalidad socialistas. Tras las locuras y la ineptitud, llegaba el PSC para pasar página de aquellos años aciagos y devolver a Catalunya el liderazgo español. Este tren, el de la supuesta buena gestión socialista -con un Govern vergonzosamente superado y que no ha hecho más que multiplicar la confusión-, también ha descarrilado. Y ha descarrilado ante la mirada de una ciudadanía harta de excusas y promesas.

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà Els camps necessaris estan marcats amb *

Podeu fer servir aquestes etiquetes i atributs HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>