Pedro Sánchez, el azar y la necesidad

Existen acontecimientos que galvanizan el sentir de las multitudes y se convierten azarosamente, casi mágicamente, en símbolos de una fuerza impensada. Así ocurrió con el desahucio de Maricarmen Abascal, el 23 de septiembre, en el barrio madrileño de El Retiro. Aunque los desahucios se suceden por miles en España, la imagen de la mujer de 87 años evacuada en camilla de su casa prendió la mecha del estallido social. Comenzaron las protestas y las acampadas. Destaca la de la Puerta del Sol, que inevitablemente evoca el movimiento de los indignados.

Las cosas se precipitaron. El Gobierno aprobó dos decretos con medidas sobre vivienda, negociados con las fuerzas de izquierdas y plurinacionales. PP y Vox se negaron a sentarse a la mesa. Junts per Catalunya empezó a tener dudas y mantuvo a todos en vilo. La presión social, política y mediática sobre los independentistas fue enorme, asfixiante. Finalmente, los de Carles Puigdemont se decantaron por el ‘no’ y el Congreso rechazó los decretos. Los ‘juntaires’ no niegan la gravedad del acceso a la vivienda ni que el precio de los pisos está causando estragos entre los españoles, especialmente los jóvenes y las personas inmigrantes. Pero rechazan, como no pocos expertos, las recetas de la izquierda: sostienen que, lejos de resolver el problema, lo agravarán. También responsabilizan a Pedro Sánchez de la situación y le reprochan no haber hecho nada en sus ocho años de gobierno.

Es en ese momento cuando se dispara el feroz instinto político del presidente y líder del PSOE. Pasa aquel fin de semana encerrado. Reflexiona, habla con personas de confianza y con el partido, dirime, analiza y calcula. El lunes, 5 de octubre, convoca elecciones anticipadas para el 29 de noviembre. Había jurado que iba a agotar el mandato y asegurado que nada podría impedirlo.

¿Por qué adelanta las elecciones? Si resistiera hasta el final de la legislatura, PP y Vox acabarían desalojándolo de la Moncloa y quedaría fijada la imagen de que perdió por corrupto. Convocar ahora le permite presentarse como una suerte de Robin Hood de la vivienda: un gobernante dispuesto a inmolarse en la lucha contra los poderosos y sus cómplices políticos en la defensa de sus conciudadanos. El asunto sobre el que, se promete a sí mismo, va a discutirse ahora será la vivienda, no la corrupción. Como escribió el Nobel Jacques Monod, los humanos somos resultado de la combinación del azar y la necesidad. Sánchez es el ejemplo y el perfecto colofón de las teorías del biólogo francés.

El martes 6 de octubre, el Gobierno rescata las medidas sobre la vivienda y vuelve a aprobarlas. La diferencia es que, convocadas ya las elecciones, no tendrá que convalidarlas el pleno del Congreso, sino la Diputación Permanente, un órgano reducido donde los partidarios de los decretos son mayoría. Es una maniobra legal, pero tramposa y torticera: subvierte la mayoría democrática parlamentaria. A Sánchez, a estas alturas, los detalles le importan poco.

Los sindicatos, a su vez, fijan para el 11 de noviembre la anunciada huelga general por la vivienda, 48 horas antes del inicio oficial de la campaña. El líder socialista ha logrado algo inaudito, lo nunca visto: una huelga general no contra el Gobierno, sino contra la oposición. Dudo que exista un precedente igual. Mientras tanto, Maricarmen muere el miércoles, día 7, en el Hospital Gregorio Marañón. La derecha y la extrema derecha están estupefactas, casi en estado de shock, incapaces de reaccionar ante lo que está sucediendo. Hermann Tertsch, eurodiputado de Vox, llega a reclamar, en un ataque de paranoia, que se haga una autopsia del cadáver de la anciana. En cada aparición pública, Sánchez y los suyos reivindican machaconamente a Maricarmen y la lucha contra el drama de la vivienda en España.

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